Algunos marineros y acompañantes suyos afirmaron que entre Colliure y Peñíscola, en medio de una imponente tormenta, el exiliado, desde la proa del barco interpeló a Dios gritándole que detuviese el temporal inmediatamente, si el Cielo consideraba que él era Benedicto XIII, único pastor legítimo de la cristiandad. Y que, de pronto, la lluvia cesó, se hizo una calma absoluta y las aguas los transportaron con prodigiosa placidez hasta su destino.Corría el año 1417 cuando aquel empecinado octogenario arribó al castillo, seguido de una precaria corte de fieles que testimoniaron sus tormentos. El progresivo abandono de amigos y colaboradores como los hermanos Ferrer –Vicente y Bonifacio–, el cardenal Jofré de Boïl; el obispo de Segorbe, Diego de Heredia, y los Anglesola acentuó sus sufrimientos más íntimos. ¡Cuántas ingratitudes personales en nombre de una unidad eclesiástica, sujeta también a intereses terrenales que él presumía!
El pueblo de Peñíscola atribuye la milagrosa construcción de la Escalera del Papa, que por el costado oriental de la fortaleza conduce al mar, a Pedro de Luna. Dicen que se realizó en una sola noche porque al personaje le urgía llegar a Roma para entrevistarse con sus detractores, pero que la travesía no la hizo a bordo de la nave Santa Ventura, fondeada allí, sino encima del manto pontificio, desplegado sobres las aguas. El báculo, su razón y la porfía en la Misericordia Divina lo asistían, aparte de la fidelidad profesada por algunos incondicionales suyos, dispersos por el mundo cristiano.
Una vieja bruja, recluida en una mazmorra florentina, enterada de que unos soldados aragoneses salían al día siguiente, rumbo a esta orilla del Mediterráneo, les encargó que advirtiesen a Benedicto XIII de un posible envenenamiento. “Que no se fíe de los más próximos. Decidle que yo velo por él”, dijo. Y se da la circunstancia de que aquel mismo mes de julio de 1418, Pedro de Luna, después de ingerir mermeladas y dulces espolvoreados con arsénico, servidos por un criado de su confianza, vomitó persistentes sustancias fétidas que impidieron la asimilación del veneno.Fallecido de muerte natural a los noventa y cuatro años, el antipapa deja tras de sí muchas incógnitas. Al exhumarse sus restos de la basílica del castillo donde fueron depositados antes de su traslado al palacio de Illueca –su casa natalicia–, los autores de aquel tiempo escriben que el cadáver “despidió cierta fragancia que embalsamó el ambiente de toda la ciudad”. El historiador Arpartils lo ratifica en su crónica: “En el día de la fiesta de Ramos de las Palmas, que fue el nueve del mes de abril y al jueves siguiente salió fragancia del túmulo donde estaba enterrado Pedro de Luna”. Por otra parte, Zurita recoge así el mismo hecho: “Se extendió no solamente por el castillo en donde estaba el túmulo, sino también por toda la iglesia y por todo el lugar, y por el alcaide del castillo se dio aviso al rey”.Varios cronistas del lugar reseñan que, según los marineros de Peñíscola, desde 1724, fecha en la que el cardenal Vincenzo Maria Orsini fuera elegido pastor supremo de la Iglesia católica bajo el nombre de Benedicto XIII, el Bufador –túnel rocoso sobre el que se alza el pueblo–, emite con frecuencia un ruido atroz, provocado por el azote de una tromba de agua que todos asocian a la ira del Papa Luna, excluido por completo de la lista oficial de pontífices. Hoy todavía se afirma que, en las noches de plenilunio, desde las ventanas orientadas hacia Roma, puede apreciarse el perfil de su soberbia estampa oteando el horizonte, como si aguardara un mensaje, tal vez un reconocimiento o un perdón que nunca llega.Una profecía macabra Una antigua leyenda, divulgada por sus detractores, cuenta que san Vicente Ferrer profetizó a Pedro de Luna que, algún día, alguien jugaría a la pelota con su cabeza. Un siglo después, al irrumpir las tropas francesas en Aragón, la tumba fue profanada y los despojos suyos arrojados al río Iruela. Sólo el cráneo, puesto a salvo por unos labriegos, se conserva. Sin embargo, no hace falta remontarse tan atrás para encontrar señas no menos inquietantes. Porque hace pocos años, Juan Simó Castillo, estudioso de las tradiciones de Peñíscola, recibió noticias de un anciano –Pascual Sanjuán Sardaña– que aseguraba haber rescatado, durante la guerra española de 1936, el cráneo del papa maldito, con el que unos individuos jugaban después de profanar su sepulcro. Escondido por él hasta el término de la contienda, el hallazgo fue devuelto de nuevo a los condes de Argillo a cuyo patrimonio pertenece. El tercer expolio y posterior restitución de la urna que lo contiene data del año 2000, cuando la Guardia Civil detuvo a los autores del siniestro latrocinio. Un asunto macabro y, al parecer, interminable.
texto: Fermanda zabala
via: lasprovincias.es
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